lunes, 27 de mayo de 2013

Dios y la suerte

en una noche de bingo...

No bien giré la butaca para sentarme frente a la máquina, una señora con los anteojos caídos sobre la nariz se volteó para mirarme. La mujer se parecía mucho a la actriz Hilda Bernard, tenía un tarro de plástico repleto de monedas plateadas que sostenía con su mano izquierda. La otra mano la usaba para ir alternando su apuesta, de menor a mayor.
–Vamo, vamo. Dale –sus dedos gastados manoseaban con fuerza la pantalla–. ¡Dale mierda! Las personas que probaban suerte en las butacas cercanas no parecían ser como Hilda pero tampoco advertían la tensión de la señora. La posición estándar de un jugador de “maquinita”, como le llaman, varía según el momento: puede verse con una mano en la cintura, reclinado sobre la butaca y la otra mano apoyada sobre alguno de los botones de la traga suerte; está aquel que necesita tener un trago a mano mientras apuesta, sin despegar la mirada de la pantalla, y nunca falta ese jugador que ha llegado con hambre, sed y ganas de fumar al mismo tiempo. En esa ocasión, las migas de pan rodean la botonera, el vaso transpirado comienza a dejar aureolas sobre el metal y algunas colillas de cigarrillo se escapan del improvisado cenicero y van a parar en la delicada alfombra bordó.
A mi derecha el cuerpo de Hilda no dejaba de temblar, su rostro estaba frío como la escarcha. Una palabra en inglés salió de su máquina, había depositado todos sus créditos en una sola jugada. El tarro de plástico que sostenía cayó al piso, ahora vacío, por supuesto. Cruzó los dedos y miró hacia el techo unos segundos, luego sostuvo la máquina desde los costados y apretó el botón “repetir apuesta”.
Cada maquinita es un universo único, a nadie le importa lo que pasa a treinta centímetros de distancia. Nadie se lamentará por los billetes que has perdido una noche, ni se alegrarán si has ganado fortunas. Sólo llamarás la atención si logras vencer una de esas cajas luminosas. Allí aparecerá un encargado de la casa, imprimirá un ticket y te lo dará con el monto ganado. Eso querrá decir que has vaciado todo el dinero de esa máquina. Serás el rey sólo por unos segundos, a los pocos minutos nadie te reconocerá.
Hilda cerró los ojos mientras esperaba el veredicto de su apuesta. Un ruido metálico se oyó continuadamente, al abrir los ojos supo que las monedas que caían incesantemente eran las de un tipo gordo que estaba a dos máquinas de la suya. El casillero que marcaba los créditos disponibles de Hilda se había estancado en cero.
–Y la puta madre que lo re mil parió –se quitó los anteojos de un tirón y quedó fría frente a la pantalla–. Bingo y la puta que te parió.
Con movimientos rápidos tomó su cartera, un saco marrón que colgaba de la butaca y un atado de cigarrillos Benson & Hedges que acababan de caerse al piso. Miró una vez más la pantalla que había congelado aquella última apuesta y se marchó echando humo por la cabeza. El tipo gordo, que se parecía a Curly de Los tres chiflados, esbozó una sonrisa burlona.
Resultaba interesante observar a los jugadores de maquinita, me preguntaba si ese tipo gordo que acababa de ganar varias monedas era uno de los pocos tipos tranquilos que podían observarse en este tipo de lugares. Me corrí hasta la máquina que había abandonado Hilda para estar más cerca de Curly, con el pretexto de que la anciana seguramente me había dejado la máquina a pocas jugadas de ganar. Curly rió.

No escatimé en preguntas típicas de un presunto principiante. Curly apretaba los botones con mucha tranquilidad, vestía una camisa a cuadros azules y blancos y unos zapatos de cuero negro. Su mirada tenía aires sobradores, parecía tener todo bajo control. Llevaba más de veinte mil créditos en su cuenta, lo que equivalía a un poco más de mil pesos.
–Y recién llevaba veinte cinco querido, en una jugadita lo recupero –tomó un trago de una bebida que se parecía al whisky–. Ésta máquina es una de las más pagadoras, por eso juego acá.
–Claro, claro –respondí.
–En esa que estás vos no vas a ganar nada, no paga un carajo –sacó un atado de cigarrillos de su camisa y encendió uno rápidamente– Vos quedate si querés, yo te digo porque conozco las máquinas.
Los aires de ganador del Gordo Curly y su charla conmigo le habían hecho perder más de cuatro mil créditos sin darse cuenta. En mi máquina quedaban dos mil seiscientos, por lo que me propuse realizar apuestas más fuertes por si me tocaba ganar. Los créditos de mi vecino seguían disminuyendo, pero su rostro aun reflejaba tranquilidad. Tal vez no le importaba demasiado perder todas esas monedas que le quedaban, seguramente era un hombre muy afortunado y adinerado.
Por un momento me concentré en mi juego. Aunque no me caía en gracia, Curly estaba teniendo razón respecto de las acusaciones sobre mi máquina. Estaba apostando violentamente pero ni siquiera obtenía alguna combinación de símbolos que me diera algún premio. Si alguien se hubiera detenido a mirarme jugar, quizá se hubiera dado cuenta de que no estaba prestando demasiada atención a mi máquina, sino que la vista se me iba constantemente hacía la del gordo.
Pero no quería perder mi juego, por lo que le devolví toda mi atención a la máquina en la cual me había sentado. El ruido de las monedas sobre el metal de las traga suerte indicaba el triunfo de algunos jugadores del sur del salón. Un murmullo incesante se concentraba en el centro del mismo. Los cinco casilleros que debían conciliarse para regalarme un premio parecían empecinados en no hacerlo. Mis manos comenzaron a transpiran con el paso de los minutos. Los créditos caían como el nuevo invierno.
La mala fortuna no me había permitido darme cuenta de que había pasado más de cuarenta minutos allí, con la sola tarea de presionar siempre el mismo botón. Un aroma a jazmín irrumpía para quitar el olor a juego viejo. Debes en cuando lograba combinar algunos juegos y mi saldo aumentaba en unas pocas monedas, pero con las próximas tiradas volvía a bajar.
Curly olía a perfume de cerveza. Las mangas de su camisa cumplían la función de pañuelo. La transpiración aumentaba al tiempo que disminuían sus créditos y su brazo izquierdo se levantaba con más frecuencia para advertir al mozo que su vaso nuevamente estaba vacío. Alternaba la vista hacia el techo y el piso, bamboleando la cabeza de un lado al otro–hacia arriba para implorar y hacia abajo para putear–como pidiendo explicación. 
Los créditos del gordo continuaban restándose, y esta vez su rostro, ya no se mostraba tan tranquilo y ganador. A pesar del bullicio generado por decenas de jugadores, logré oír algunos insultos disparados al aire.
– ¿Y, don, ya recuperó lo que había perdido? –pregunté sabiendo la respuesta.
–No, no ha venido che –con el colmillo izquierdo se mordía suavemente el labio inferior–. Pero esto es así, ya va a venir.
Su ánimo realmente había cambiado, no le daba lo mismo perder esos veinte mil créditos que ganarlos. No era de esos que rifan diez o veinte mil pesos por noche en los casinos. De su frente brotaban grandes gotas que se deslizaban hasta el cuello y se perdían dentro de su camisa. Era de aquellos viejos casineros que conocía todas las mañas de todos los juegos. Pero parecía que eso no alcanzaría para ganar. Tal vez esa noche, la suerte no estaba de su lado.
Los juegos de luces estrambóticos que despiden las traga suerte impiden que el jugador se aburra o se duerma. La sensación de sentir que podemos ganar en cualquier momento hace que olvidemos cuantos billetes ya hemos ingresado. Las máquinas no sólo están iluminadas en la pantalla y en la botonera de apuesta, sino también en la ranura, donde se observa una cinta metálica que nos avisa que también podremos gastar los billetes más chicos, como los de diez, cinco y dos pesos.
Un pequeño vallado de curvas vestido con cintas rojas y barrotes negros nos indica la entrada al salón de bingo. Los carteles de “prohibido fumar” o “sector no fumadores” se estampan sobre nosotros al entrar. Como si la advertencia y aviso se transformaría en reto, o por si acaso a alguien se le ocurriese prender un cigarrillo en ese lugar. La mayoría de los jugadores se amuchan desde la mitad de la sala hasta el final, donde está el sector para los viciosos. Las botellas de vino y cerveza sobre las mesas indicaban que por regla general, donde se fuma se bebe.
Tres ancianos y dos hombres de menos de treinta años ocupaban la mesa donde decidí sentarme luego de preguntar si aquel lugar estaba ocupado. El olor a nicotina había llegado a penetrar en el algodón de la ropa. Por lo visto los extintores funcionaban correctamente porque la visión a varios metros era perfecta. Cuatro tableros electrónicos gigantes cubrían todos los laterales del lugar; el mismo indicaba la cantidad de bolas que se habían cantado en ese juego, los números que habían salido hasta el momento, el pozo acumulado y el valor que pagaba la casa para quien obtuviera línea o bingo.
Luego de cada juego, los empleados salían rápidamente a la venta con decenas de cartones en sus manos y con mesas asignadas. Al llegar a cada mesa, preguntaban de derecha a izquierda, cuantos cartones iba a comprar cada jugador. En caso de tener que devolver como vuelto un peso, le dejaban a ese jugador una moneda plateada que equivalía a un cartón. Luego de unos minutos se escuchó una voz grave que dijo: primer número. En ese momento los vendedores se movieron como corriendo carreras entre las mesas al tono unísono de “último, último”. Cuando no hubo más cartones dando vuelta en manos de los corredores de mesas comenzó el sorteo.
A mi derecha estaba sentada una señora y su marido un poco más allá. Juntos promediaban dos siglos de edad. Casi frente a mi, otra anciana, un poco más joven que la primera. Continuando la ronda había dos muchachos que parecían ser amigos. Ambos se preguntaban cuanta plata ganarían esa noche.
El matrimonio de ancianos jugaba sin hablar, no se quejaba, no hacían muecas de inconformismo, sólo miraban los cartones pegados uno al lado del otro con unos stickers pequeños color rojo. Con el fibrón negro en alza, a la altura de la sien, esperaban que le cantaran el número que estaban esperando. La anciana de más allá, miraba fijamente el cartón y comía maní pelado, uno detrás de otro.
Uno de los dos amigos, el que estaba más cerca de la anciana solitaria y más lejos de mí, tenía una remera negra con una insignia que decía: del león, garra y corazón. El otro era morocho, de barba candado y remera estilo flogger.
El hincha del león compraba de a tres cartones, el otro de a dos. Las jugadas se las pagaban individualmente pero la bebida abonaba una vez cada uno. Ambos tomaban cerveza. El juego continuaba, se habían cantado siete bolillas cuando el primer amigo dijo en voz alta: Línea.
–Ah viste, jaja. Algo es algo –sujetó con fuerza el vaso que tenía cerveza hasta la mitad y lo tomó de un sorbo–. Por lo menos cubrimos esto que estamos tomando.
–Bien ahí papá –con una sonrisa en el rostro levantó el brazo izquierdo y le dio una palmada en el hombro–. Treinta y cinco son treinta y cinco.
Nuestro vendedor se acercó y afirmó sobre la mesa un bastón plateado para recordar el lugar donde se había cantado la línea. La sonrisa del hincha del león parecía como la de un nene con su primera bicicleta. El flogger no decía nada, tachaba algún que otro número pero siempre le faltaban cuatro y hasta cinco para completar el cartón. Estaba más preocupado porque su vaso no se vaciara que por ganar el premio.
El primer amigo compraba cada vez más cartones en una misma jugada, miraba al flogger y le decía sonriendo:
–Si no nos llevamos nada de esta vida.
El otro sólo se reía en complicidad. Por momentos parecía mudo. Los ancianos hablaban muy poco. El juego continuaba y el viejo marcaba muchos números seguidos, sus movimientos lentos dificultaban la acción. El viejo pasó varios números sin marcar. De lejos se veían muchos círculos negros, seguramente no le faltaría demasiado. La voz grave del lugar dijo: se han cantado 39 bolillas. El viejo marcó nuevamente y todo el cartón se veía negro. Me preguntaba que número le faltaría. Con golpes cortos a la mesa manifestaba su impaciencia por aquel número que no llegaba.
Cuando parecía que cantarían el número del viejo, se escuchó varios metros detrás de nuestra mesa: ¡bingo! El viejo dibujó una sonrisa sin fuerzas y mirándome me mostró el cartón. Sólo le faltaba el número uno.
–Es bravo el uno eh –el hincha del león miró al viejo compadeciéndolo.
–Es un hijo de puta el uno –arrugó la frente y quitándose los anteojos largó una carcajada falsa.

Los vendedores salían como comadrejas de las cunetas vendiendo cartones a mansalva y se mezclaban con los mozos que con menos velocidad llevaban comida y bebidas por todas las mesas. Los vendedores varones usaban pantalones de vestir negro y camisas preferentemente blancas, con una identificación que llevan en el pecho con su nombre, apellido y edad; y las mujeres idénticas pero con polleras color crema. El sector fumador tenía más de treinta mesas, un poco más de las que había en el lugar más sano de la sala. Entre ambos sectores y cerca del bolillero había seis máquinas electrónicas que permitían el acceso solamente a aquel jugador que jugara a partir de seis cartones por tanda. El bolillero era del tamaño de un puesto de panchos, con un sistema de viento que permitía que las bolillas estuvieran saltando constantemente hasta que entraran en troneras ubicadas en la parte superior y desde allí salieran sorteadas.
Cuando la voz del juego anunció una nueva partida advirtió que aquel cartón pasaría de valer un peso a tres. Esto significaba que el pozo sería tres veces mayor de lo que hasta entonces. El monto había alcanzado los 3 mil pesos y la línea daba más de trescientos.
El hincha del león miró rápidamente la pantalla y se dirigió a su amigo:
–Esta es la nuestra, acá tenemos que sacar.
–Y, mirá, si sacamos acá nos vamos a las máquinas.
–Y si no también –lo miró el otro sonriendo–. Hay que recuperar.
Le dijo al vendedor que le diera cuatro cartones. Sujetó los cuatro cartones combinados con los stickers que tenían dibujado el logo del bingo y cambió de fibrón.
El ambiente había cambiado, el aumento del premio había seducido a todos los apostadores y muchos habían gastado en más de dos cartones, ya que ese sorteo suele finalizar la jornada. Cuando cantaron línea casi no lo advertimos, porque se escuchó demasiado lejos.
–La línea es correcta, seguimos a bingo –advirtió la voz del estadio.
La cara del flogger y de su amigo estaban quietas, las de los ancianos más aún. Cuando advirtieron que habíamos llegado a la bolilla 39 comenzaron los murmullos. Cuando cantaban esa cifra de bolillas sorteadas uno podía pensar que el cartón lleno estaba próximo a completarse por algún competidor, entonces comenzaba el nerviosismo.
Fue la primera vez en la noche que estuve a dos números de lograr el objetivo, pero mientras combatía mis ansias con cerveza esperando esos números se escuchó el final. Habían cantado bingo muy cerca de nosotros.
–Pero por fin dios –se escucho muy cerca–. ¡Ay este bingo!
Estaba seguro que había escuchado esa voz en algún otro momento. Es un poco incómodo cuando uno sabe que conoce esa voz de alguna parte y no puede recordarlo. Pero esto era muy sencillo, sólo lo sabría volteándome.
Era una mujer y estaba de espaldas. En la mano tenía una caja de cigarrillos Benson & Hedges. Apenas giró su cuello, su nariz aguileña la delató. Era Hilda y por lo visto había tenido revancha.
Saludé a los ancianos, a los dos amigos, les desee buena suerte y agarré mi abrigo para salir. Hilda sonreía mientras contaba billetes y pagaba la cuenta de la mesa. Junto a ella había tres compañeras más que la felicitaban, al tiempo que ella agradecía y les contaba que en las máquinas le había ido espantoso.
Al salir de la sala, recorrí nuevamente el sector de máquinas mientras pensaba que seguramente encontraría una personalidad tan particular como la de Hilda o Curly en cada una de las 480 máquinas. Cada persona con un dios del juego para sí, con un modo de implorar suerte, con un modo de apostar, de sentarse, de jugar, y hasta incluso de maldecir.
En algunos minutos el lugar cerraría hasta la mañana siguiente y el ambiente de bullicio se desvanecería. Caminando hacía la salida recordé aquella traga suerte en la que conocí a Hilda y me pareció oír sus gritos nuevamente. Continué el camino y cerca de la salida escuché una cascada de monedas incesante.
–Viste que yo te dije pibe, esa no paga nada. Y mirá esta –un hombre robusto sonreía con soberbia mientras le hablaba a un joven que estaba a su derecha– Pero viste, esto es así.
Era el Gordo Curly. Había recuperado el ánimo de ganador. Tenía ahora más de treinta mil créditos. Seguramente  pasaría un buen rato hasta que volviera a perder el buen humor.

martes, 21 de mayo de 2013

De gringos


La cosa era que el tipo había cambiado de casaca. No era una casaca cualquiera, la significación de la misma no pasaba por los colores que la componían, ya que eran iguales que los nuestros, sino por lo que representaba simbólicamente para nosotros. Lo que pasaba era que él lo sabía, lo había sabido muchas veces porque había sido víctima de las patadas descalificadoras, de los codazos en las áreas, del intento de arrebato en nuestra tierra. Él lo supo siempre y también lo sabía ahora.
Por momentos intentó aplacar la ansiedad de todos transformándose en un bromista casual antes del partido. En algunas horas iba a convertirse en  un zaguero detestable, sería el de los otros, ese otro que recibiría insultos de la otra hinchada, pero que a la vez sería la hinchada que lo había visto crecer,  aquella que lo había acompañado cuando nos comíamos 5 o 6 en 9 de Julio, o la que se había quedado con las ganas cuando fuimos desafiliados en 2008. La que no durmió la noche antes del 6 de octubre y la que se indignó en 2003 y lloró desconsolada en 2005.
Ese tipo, ese baigorritense transformado en morseño ya no era uno de los nuestros aunque muchos lo sintiéramos así. Ese tipo ya tenía la sangre manchada, ese muchacho que saludaba a todos y abrazaba a cuanto deportivista se cruzara no era falso, ojo, no estaba mintiendo con cada gesto. Y cuando yo lo abrazaba era genuino. Pero cuando lo veía saltar con la 6 en la espalda, ay cuando lo veía saltar… por momentos me alegraba de que, sin dudas, esa pelota  iba a ir a parar al campo rival, pero en un zamarreo ligero de cabeza me despabilaba y me daba cuenta de que en realidad esa pelota estaba volviendo a nuestra cancha, que en realidad no se había despejado. O que peor aún, sí se había despejado pero lo había hecho él, el que para nosotros era nuestro, pero que en realidad ya era uno de ellos.
Porque ese celeste no es el mismo celeste, ese celeste es otra cosa, es algo que nosotros no podemos entender, que no concebiremos jamás.
Ese celeste no es puro, es casi otro color. Y ese gringo es casi el mismo gringo, si no fuera porque se cambia en el vestuario de ellos.


martes, 14 de mayo de 2013

Tormenta azul


Una luz metálica quebraba el cielo en dos. Decenas de gotas invadían la noche con rabia como los guerreros espartanos lo habían hecho con el imperio de Troya. La pelota había sido revoleada casi con desdén hacia el área, como aquel que pretende quitársela de encima lo más rápido posible; pero la dirección, a fin de cuentas, no parecía ser tan desacertada. El empalme fue cruzado y los ojos del arquero se desgarraban con cada centímetro que la bola se alejaba de sus extremidades. Ya nada parecía desviar el trayecto.
                               
Los ojos de Sánchez se abrieron de golpe, y con los puños apretados sobre el pecho, corrió con fuerza hacia donde estaba la gente gritando el gol.

El uno a cero no era simplemente eso, era sino más, una verdad ilusoria. Quién pretendería robarle tres puntos al temeroso y respetado Rivadavia de Lincoln, un equipo que alternaba entre profesionales y semi profesionales, un conjunto que podía sortear hasta cuatro formaciones sin repetir un apellido.

Los de afuera no eran otra cosa que un manojo de ansiedad. Jamás, antes, hubieran deseado que un partido de fútbol durara no más que media hora.

–¡La hora juez! –Vociferaba un gordo de campera rompevientos verde, mientras reía cómplice con los demás–. ¿Hasta qué hora vas a jugar viejo?

La lluvia alternaba entre fuerte, violenta y molesta–de esa que jode–. Los temerosos continuaban atacando con pelota al pie, de la mano del único jugador que habían bajado del Torneo Argentino A, quien desequilibraba y ocasionaba posibilidades de empate. Pero en una jugada aislada en la mitad del campo que cortó Monti, se desprendió una nueva ilusión; transportó la pelota hasta el área 18 y cuando vio que Sánchez cruzaba por su izquierda se la dio suavemente. El 10 resolvió aún mejor que la vez anterior.

El dos a cero es el peor resultado, dicen algunos, aunque esa teoría no se escuchaba en la tribuna. Todos gritaban y llamaban por teléfono a los que no habían ido desde el pueblo.

–¡Gol, dos a cero! Sí, sí, dos a cero –un tipo de ojos claros y pelo bellaco le gritaba al aparato–. Sánchez otra vez, si, te llamo en un rato.

–¿A quién llamaste? –le preguntó el gordo que gritaba anteriormente.

–Al enano, se quiere matar que no vino.

El diálogo se interrumpió con un bombazo del 10 rival que dejó mudos a los celestes y les devolvió la tensión, siendo esa la última acción del primer tiempo.

Mientras los otros hinchas despejaban la tribuna para ir en busca de alguna bebida o algún chorizo que los atraía con el humo, el tipo de pelo bellaco se acercó al gordo de campera verde para hablarle.

–Nos podríamos haber ido dos a cero al descanso –lo miró bamboleando la cabeza.

–Y, es así. Si no sufrimos, no vale –el gordo de campera verde abrió los brazos como pidiendo explicación, sentado en un escalón con las piernas abiertas mirando el campo de juego ahora vacío.

Los nervios volvieron con la continuación del juego. Cinco tiros de esquina consecutivos impidieron que pudiéramos salir del arco. De entre la muchedumbre voló la pelota hasta la mitad de la cancha y luego de una jugada rápida bien elaborada entre Salinas, Monti y Almirón, llegó el tercero del Depo, con el sello de Castro.

Los escenarios cambian radicalmente de perspectiva respecto de lo que se vive en cada momento. Algunos se preguntarán como es posible que una noche bajo la lluvia, con algo de viento, y con rayos y relámpagos incesantes, pueda resultar tan mágicamente perfecta.

Los hinchas gritaban sin entender mucho lo que los jugadores les estaban regalando. No sólo era el triunfo a un equipo al que jamás en la historia se le había ganado, sino que demostraban poder ganarle a cualquiera y hasta pensar en el campeonato. Esos 16 tipos vestidos de azul nos invitaban a soñar. Los goles se gritaban como goles de mundial, como últimos goles de la vida, como si la lluvia arrasaría con el fútbol para siempre y esa sería la última vez que se podría gritar un gol.

Los que eran favoritos comenzaron a pegar, realizaban reiteradas faltas y recibían tantas tarjetas como los niños las reciben para el día del amigo. Su técnico se paró nervioso desde el banco, por primera vez en la noche, como advirtiendo que podría ser real que el Deportivo llegara a ganarles.

Lo que quizá no se imaginaba aquel señor es que había tiempo para algo más: había tiempo para que Almirón se fuera solo contra el arquero picando en diagonal y definiera suavemente sobre el costado de él desatando la fiesta de aquellos 30 locos que habían ido a alentar bajo la lluvia.

Aquellos pobres tipos que seguramente no harían más que mojarse y enfermarse. Aquellos que habían llegado a la cancha siendo los salvajes, los violentos, los que no saben perder, los que no tienen poder en la liga, los que tienen que resistir.

Aquellos pobres ilusos que no eran más que unos tipos del campo que pateaban para arriba.

El ojo común debería, obligadamente, claudicar ese concepto tacaño que se diluía con cada partido. Esos críticos sin argumento se esconderían tras las paredes de la vergüenza y cuando se pararan sobre la tierra, tendrían que decir a través del micrófono, que en la leonera entrenaban leones que transpiraban la celeste, que salían exhaustos después de los ´90, que no se guardaban nada, que llevaban el nombre de su club en lo alto, donde sea que fueran. Y por fin, dejarían de murmurar por lo bajo que los de Baigorrita eran esto o lo otro.

Dejarán, entonces, de mirar con ojos sobradores a los que vienen de allá. Dirán que somos la revelación o que somos una ilusión, que somos una promesa o que somos la realidad, pero indefectiblemente, deberán reconocernos.

Permítanme soñar. Permítanme parar el tiempo aquí y fumar un cigarrillo tomando una copa de vino; permítanme mirar al cielo recordando el 2002; permítanme acordarme de la desafiliación en 2008 y verme tan lejos.

Permítanme, al menos, mirar el diario de hoy y darme cuenta de que los demás nos miran desde abajo.

Escrito en la madrugada del 22 de diciembre de 2011